Viajes
Este es el blog de viajes de Francisco Forero Bonell, una descripción de algunos lugares de Colombia con sencillas imágenes de apoyo.
Saturday, October 22, 2011
Medio siglo de Guácharos
Friday, September 10, 2010
Barichara, la aldea escarlata
Monday, May 24, 2010
El Guainía, montañas sagradas y aguas indómitas
Recorrido por el río
Raudal alto de Caño Minas
Wednesday, May 12, 2010
Reserva Natural La Aurora, llano en estado puro
El Hato La Aurora, al norte del departamento de Casanare, en la Vereda Matapalito, entre Hato Corozal y Paz de Ariporo es el lienzo perfecto del llano: infinitas sabanas que parecen perderse más allá del horizonte, la estampa del vaquero de pies desnudos, los morichales que se despliegan caprichosos en las praderas, los caños rebosantes de vida, el olor a ganado, y los enérgicos amaneceres naranja que indican categóricamente que se está en las entrañas del oriente colombiano.
Pero sin duda, su principal atractivo es la riqueza faunística con la que la naturaleza privilegió esta parte de la Orinoquia colombiana, inspiración para leyendas y canciones que se manifiesta en forma de garzas, alcaravanes, águilas, chigüiros, chácharos, caimanes, venados, gabanes, caballos salvajes y muchos otros que, con seguridad se podrán observar aquí, amén de la variedad de plantas y árboles como el higuerón, el samán, el tamoruco, el laurel, el caracaro y el araguaney de flores amarillas que adornan el paisaje.
La Aurora y su hotel Juan Solito, nombre que evoca por igual un ritmo llanero o al misterioso personaje con facultades de brujo de Rómulo Gallegos en su obra Canaima, es un prístino reservorio de cultura, de paisajes, de historia y de genética. Aquí, como en muy pocos lugares del llano colombiano, el llanero perpetúa las costumbres, el arte y el tesón por sus faenas diarias. Su vida continúa gobernada por los períodos de sequía e inundación en perfecta armonía con los otros habitantes naturales de este ecosistema, ahora seguros compañeros, antes que antagonistas.
Disfrutar desde aquí el amanecer es apreciar cómo el sol remonta las praderas orientales y vigoriza sus fuerzas para que sus primeras luces se adueñen de los filos de las montañas de la Sierra Nevada del Cocuy y hacerlos explotar en colores añiles, púrpuras y anaranjados. Pero cuando esto acontece, el llanero ya tiene encima casi dos horas de su jornada.
A las cuatro de la mañana el caporal de sabana ha dado el grito de mando que indica a los vaqueros y a nosotros que es hora de alistar los caballos, aperarlos, tomar un café cerrero y salir en busca del rodeo acordado: el arenal, el chiveche, la cascabel, los visos, o el garzón, según disponga el caporal.
Cuento más de 45 vaqueros. Se levanta la polvareda. El sonido del galope se sincroniza con los latidos del corazón. Luego de cabalgar por un buen trecho aparece el rodeo, aquí el caballo criollo brilla por su astucia, sabe exactamente qué hacer y se atrinchera detrás de los chaparros. Una operación envolvente que es planeada y ejecutada estratégicamente, con prodigiosa coordinación y en silencio, para llevar al corral cientos de animales entre toros, vacas y becerros.
Los quehaceres en el hato se dividen en dos: trabajos de llano y trabajos de mano. Los primeros incluyen las labores propias de la vaquería y de corral: apartar las próximas, es decir las vacas preñadas, herrar, marcar los terneros y vacunar. Los segundos tienen que ver con el arreglo de cercas, la limpieza de las plataneras, y en general, la producción de la comida. Los llaneros están divididos entre vaqueros, vegueros y caballiceros, cada uno con tareas bien definidas.
La reserva
La Aurora, con 9.887 hectáreas, es la tercer área protegida de la sociedad civil más grande de Colombia, sólo rivaliza en tamaño con San Pablo y El Boral, y se compara con Palmarito, todas en el Casanare. Contiene 200 especies de aves identificadas, aunque se estima que hay más de 400. Venados, pumas, zorros, canaguaros, picures, araguatos, cachicamos, güios gigantes, osos meleros y hormigueros, nutrías gigantes, babillas, chigüiros, que se cuentan por miles y el majestuoso jaguar, entre otros, hacen de esta, su morada. Es un verdadero resguardo genético de especies nativas. Un legado que la familia Barragán ha sabido proteger con ahínco desde hace más de 50 años.
Cuando llegaron, era tiempos de individuos recios, dados a importantes gestas, los arreos de ganado con cientos de animales que se traían a caballo desde Casanare al centro del país, remontando la Cordillera Oriental, duraban meses. Un mundo profundo y rico en tradiciones y creencias, que otorgaban vida al llanero durante largos tiempos de espera mientras se peregrinaba de un lugar a otro.
En ese entonces, en esta parte del llano casanareño el terreno se calculaba en jornadas de a caballo. Era la época en la que se organizaban precarias expediciones de aventureros que partían de Bogotá, Sogamoso o Yopal para embarcarse en largas hazañas con intención de dominar ese reino incierto de la naturaleza salvaje. La mayor parte de la tierra está en medio de un mar de agua que anega la llanura durante la mitad del año, luego se transforma en árido desierto cuando finalizan las lluvias y el ardiente sol de verano reseca las sabanas.
Hoy está convertido en un santuario biológico que contrasta con aquellos que no adivinan otro hábito para sembrar que el de talar y quemar. Aquí está demostrado que la ganadería ecológica convive en sincronía con las miles de especies que revolotean a sus anchas en esta colosal reserva de agua y diversidad, donde la salud de sus animales, se mide por el bienestar de sus predadores.
En suma, La Aurora es la mixtura perfecta del disfrute de la fauna en estado salvaje con el conocimiento de la esencia de la cultura llanera, que ha ido desapareciendo de las sabanas orientales. Aquí se conserva esa sabiduría, la forma sencilla del ser llanero, pero generosa y rebosante de riqueza espiritual que ha logrado subsistir al son de arpa, cuatro y maraca, el ambicioso asecho del hombre.
Cómo llegar:
Hay varias formas de llegar a la reserva. Desde Yopal, por vía terrestre, tomando la vía marginal de la selva hasta Paz de Ariporo, luego la carretera que va al corregimiento Montañas del Totumo, donde existe un desvío para la vereda San Luis del Ariporo a la altura de la finca la Vigía. Esta ruta toma aproximadamente cuatro horas.
Otra forma es tomar de Paz de Ariporo, aproximadamente una hora hasta el corregimiento de la Chapa, a la orilla del río Ariporo, de allí el hotel puede arreglar el resto del trayecto por el río. Este tramo toma tres horas de un recorrido de fauna y paisaje. La reserva también cuenta con una pista de aterrizaje para aviones pequeños.
Para el alojamiento la reserva ofrece acomodación en el eco hotel Juan Solito, fabricado con materiales típicos de la región.
Para reservas, tarifas y más información puede escribir a hatolaurora@hotmail.com
Thursday, February 18, 2010
Más fotos del Pacífico
Parte de las imágenes de esta nota corresponden a una gentil invitación de Alas para la Gente, una iniciativa para llevar salud a las zonas más apartadas de Colombia y a veces también las más bellas. Por eso me he permitido publicar la foto del equipo médico y organizador de la brigada junto al avión Caza C295 de la Fuerza Aerea que apoya al grupo.
Saludos,
Francisco
Monday, December 28, 2009
Serranía de la Lindosa, caprichos de piedra en el corazón de la selva
Al sur oriente de Colombia donde terminan las vastas llanuras y empieza la amazonia, se erige un mundo perdido de roca, agua y bosque.
Al caer la tarde, los sonidos de la Ciudad Perdida quedan dominados por el llamado de las ranas picudas que convocan al festín sonoro desde uno de los nacederos de caño Lajas. La ciudad, construida por la naturaleza sobre los cimientos del tiempo, presenta un sorprendente ordenamiento de calles y avenidas donde se posan gigantescos bloques de piedra como casas.
A poco más de cinco kilómetros hacia el norte se encuentra Ciudad de Piedra, mejor conocida como Los Túneles. La riqueza del complejo sistema de galerías, pasadizos secretos, escaleras, estructuras de roca en frágil equilibrio y lianas que cuelgan de cornisas puestas estratégicamente por la naturaleza, constituye una forma privilegiada de pasar nuestra primera noche en el Guaviare.
Así, salimos de este lugar para adentrarnos en la Serranía de la Lindosa que se va desvelando entre matices violáceos y la lozanía indefinible de la sabana, salpicada aquí y allá del marrón de la roca que no logra detener la sensación de introducirnos en un paisaje boscoso.
Serranía de la Lindosa
Poco después, el sol se muestra inclemente sobre los campos marcados con cuyubí, moriche, chaparro y caucho silvestre hasta que el paisaje se quiebra como un espejismo, por la barrera de roca precámbrica que ahora debemos escalar para adentrarnos en un mundo desconocido de grutas de todos los estilos y tamaños. Aquí viene a la mente el geógrafo inglés Hamilton Rice, miembro entusiasta de la Sociedad Geográfica Real de Londres, quien vino a principios del siglo XIX, durante el auge de las caucheras y relata su paso por entre estas gargantas y cañones que hablan de un cataclismo pasado.
Época de ocupación de Guayaberos, Sikuani, Tukanos y por supuesto de los Nukak-Makú, un pueblo cazador y recolector nómada, primer habitante de la región del Guaviare. Los Nukak viven entre los ríos Guaviare e Inírida, en las profundidades del bosque tropical húmedo; un pueblo que tan solo tuvo contacto con el mundo occidental en 1988 y que hoy ha perdido más de la mitad de su población, por enfermedad o desplazamiento.
La luz de media mañana es cegadora, aunque en el interior oscuro de los corredores y cavernas se difuminan los perfiles, es imposible no quedar perplejo ante la fantasía del entorno. Es un mundo perdido de enhiestos pedruscos, puentes naturales, aterradoras grietas que dejan colar los gritos de los micos aulladores. Lomas y montañas que por fuera están perforadas como quesos suizos, pero tienen macizas paredes y rocas en absurdo equilibrio por dentro. Parece fruto de la magia o de una calamidad geológica.
Abundan peculiaridades en su interior: la araña escorpión, el grillo ciego con sus largas extremidades sensorias o el lagarto de roca. De repente, cuando pensábamos que no habría más emoción y observábamos el paciente trabajo del caucho junto con otras especies que literalmente cosen sus raíces dentro de la piedra, vino el premio mayor: un gallito de roca hembra empollando en su nido. El inverosímil encuentro no podía menos que erizarnos la piel. Hicimos una foto y salimos de allí para no perturbar más su morada.
Puerta de Orión y Las Delicias
Los afloramientos rocosos de la Serranía de la Lindosa al igual que las crestas y mesetas inferiores de la Serranía de la Macarena constituyen el límite occidental de esta provincia del escudo guayanés. Asoman enormes setas de roca, aunque no son de origen volcánico, guardan similitud con las chimeneas de hadas del valle de Zelve en Turquía, unas y otras en perpetua evolución, moldeadas durante millones de años por agentes erosivos.
Tres kilómetros y cuatro horas después, estamos cruzando el umbral de un orificio en piedra donde el agua y el viento han cincelado esta magnifica escultura, artífice del paisaje en el sector: la conocida Puerta de Orión. Otro mundo de geometría y diseño.
El viaje cambia el ritmo cuando el paisaje sin anunciarlo, se torna protagonista. Esta vez a bordo de los camperos, hemos llegado a Las Delicias, una vereda a escasos 10 kilómetros de la Puerta de Orión El ascenso es por una trocha abandonada, más para caballo o bicicleta que para un campero. Las espinas de los matorrales a lado y lado aruñan la pintura, produciendo un sonido inconfundible, poco importa: el tesoro es la cascada a escasos 500 metros de la trocha. Una cascada de la que varios hablan, pero pocos, muy pocos, realmente han llegado a verla.
Aquí paramos en seco al tropezar con un paisaje fascinante al que los propios del lugar, escasos por cierto, no han bautizado con otro nombre distinto al de la misma vereda. Descendemos a rapel por el curso de la cascada, sin duda una emoción extra para el final día. Hasta el último instante solar la cascada acapara los reflejos del ocaso y hace que la luz del poniente se convierta en una ofrenda a oriente.-
(Publicado Revista Viajar de El Tiempo)
Tuesday, December 30, 2008
Desierto de la Tatacoa, un paisaje en Preterito
El desierto, realmente un bosque tropical muy seco, es una tierra agreste donde el vigor de la naturaleza impone sus caprichos, sus entrañas esconden secretos engendrados en las profundidades del tiempo. El paisaje de este enclave paleontológico, situado al norte del Departamento del Huila, en el valle formado entre las cordilleras Oriental y Central, a solo 40 kilómetros de Neiva, guarda aún fósiles de tortugas, reptiles y roedores perteneciantes al periodo del Mioceno.
Aquí, en esta tierra heterogénea, se funden el ocre de la arena y el verde del bosque. Los 330 kilómetros cuadrados de La Tatacoa enmarcados por los ríos Magdalena, Ambica, Guaroco y Villavieja tienen mucho que ofrecer: casi una cincuentena de quebradas, decenas de lugares con formaciones geológicas, un observatorio astronómico en posición privilegiada, vestigios indígenas, trazas de la conquista y del dominio jesuita, pero sobre todo, rincones, gente y escenas que remontan al viajero varios cientos de años hacia atrás.
Villavieja, la población más cercana al desierto, también tienen mucha historia: sufrió varios embates durante la conquista y tuvo que enfrentar el apetito de los evangelizadores jesuitas que la convirtieron en la gran ‘Hacienda Aposentos'.
En la zona nororiental, la menos visitada, se encuentra un testimonio altivo de los indígenas del pasado: la Piedra de Doche, que ostenta las huellas de la cultura de este nombre que habitó en la ribera del río Cabrera en la época prehispánica. Recientemente un cambio en el curso del río hizo que sus aguas rodearan la piedra y en la actualidad puede observarse en época de verano.
Otro de los hallazgos emblemáticos hecho hace varios años en los intentos por entender el pasado Geológico de la zona es el Megatherium o la Gran Bestia, uno de los mamíferos más grandes que transitó sobre la tierra, tan pesado como un elefante y con garras en sus patas. Fósiles de otros mamíferos dan cuenta de una época que moldeó el dramático paisaje y de una cultura que tiene su origen en esta tierra secreta.
La Ruta
Aunque la ruta habitual para llegar al desierto de la Tatacoa es la carretera al sur que sale por Girardot hacia Neiva y luego a escasos 40 kilómetros entra al desierto, decidimos incluir en esta ocasión una variación despavimentada por el puente de Golondrinas, un puente que servia al ferrocarril para cruzar el río Magdalena, cuando aquel operaba en su recorrido hacia Villavieja.
Esta población conocida como la ‘Capital Antropológica de Colombia' encierra un pasado cargado de luchas entre sus pobladores precolombinos los Doches, los Totoyoes y los Pijaos con los conquistadores españoles.
El nuestro es un recorrido más corto e indudablemente más pintoresco, pues permite la entrada al desierto de forma gradual, para ver como el paisaje cambia de verde, a gris, y luego a rojo. En el circuito propuesto podrán verse lugares como el Cuzco, el Cardón, las Lajas, el Valle de la Muerte, el Estrecho de las Señoritas y otros lugares con formaciones peculiares.
Descargue aquí la ruta para su GPS
Vea aquí la ruta hacia La Tatacoa en Google Earth