Saturday, October 22, 2011

Medio siglo de Guácharos


Tierra enigmática y abrupta donde confluyen los Andes y el Amazonas al sur de la cordillera oriental.





Para el departamento del Huila y el suroccidente de Caquetá, la montaña es ineludible accidente que condiciona la vida y hasta el nombre de sus gentes. Del Quechua, antis (montañas de los Andes) y que o quie (gente) deriva el apelativo Andaquíes que recibieron  las tribus indígenas cuando se inició la conquista española.

Para ingresar en la zona me decido por la carretera que de Pitalito conduce a Palestina y a la vereda La Mensura. Luego, a pie, por el sector de la quebrada La Cascajosa y de allí, por el margen derecho del río Suaza, hasta su nacimiento.

Este río surge en los picos de la Fragua, al suroriente del departamento del Huila, con chorros enérgicos entre piedras cubiertas de musgo. Las aguas se arrojan en un húmedo recodo oscurecido por los árboles. Por encima crece el bosque andino; debajo, piedras pulidas, un diseño labrado por la fuerza del nuevo río. Luego, lo que era un riachuelo irregular se convierte en cause sin tregua.

Es un momento mágico: el agua brota con nervio de las entrañas de la cordillera oriental como regalo para la vida. Como un adolescente, el nuevo río grita su derecho a la existencia y reclama acción.  Se convierte en la columna vertebral del primer parque nacional natural de Colombia, que celebró sus cincuenta años el pasado Noviembre.

Al poco tiempo de nacido, ya es el arquitecto de un sistema de puentes y cavernas cársticas que se atreven a domesticar su rebeldía.  Mucho deberá trabajar antes de entregarse al Magdalena a lo largo de cien retorcidos kilómetros después de su nacimiento.

En su curso se multiplicarán las cascadas y los rápidos. Sus aguas han dado también origen a una mesa de lapiaz o lenar, aquellos surcos o grietas que se labran en afloramientos de roca caliza por procesos de erosión, que da la apariencia de un gigantesco mosaico romano hecho de lajas. Aquí puede todavía sentirse la naturaleza en estado puro.


El parque y sus habitantes

Un enorme puente natural de arco calcáreo, con más de veinte metros de altura enmarca la entrada de las aguas parduscas del río a la Cueva de los Guácharos, el núcleo paisajístico del parque y morada oficial del guácharo (Steatornis Caripensis).

El guácharo se alimenta de lauráceas y palmeras, siendo su favorita la palma de seje, que se encuentra a casi 80 kilómetros de distancia de la cueva, en el Caquetá. Así que con frecuencia recorre esta distancia en busca de su alimento preferido.

El sistema también incluye hacia el norte otras tres cuevas: la del Indio, la del Hoyo y la del Cuadro.  La del Indio es la más interesante por sus traviesas formaciones calcáreas y sus 11 túneles secundarios, que tienen nombres como el de la ventana, el de las pizarras y el de la columna.  Formaciones como el pesebre, la medusa, el monje y el pastel también han sido aquí el pasatiempo predilecto de la erosión y los siglos.

En la zona del parque, donde antes vivieron tribus precolombinas, señorean ahora micos churucos, maiceros, ñeques, venados, osos, zorros, tigrillos, entre otros y también ha habido avistamiento de puma y jaguar.  Suyo es el territorio, pero de todos es la singular belleza que aquí se ofrece.

Un oso de anteojos sestea plácidamente en el filo Churuco mientras caminamos por el sector de cedros con Carlos Cortés y su equipo entusiasta de guardianes del parque. El oso es ajeno a nuestra presencia. Es la época de fructificación del escasísimo roble morado, así que no es raro verlo, pues sus frutos son parte de la dieta.

El parque también da origen al río Fragua y es hogar de otras especies casi extintas en sus ambientes naturales como el cedro rosado, el comino, el cobre, el roble blanco y otras.  Las orquídeas y palmas adornan varios rincones del parque y no es difícil ver cauchos, algodoncillos o arrayanes cuyos lujuriosos verdes compiten con los del aguacatillo, el amarillo o el canelo.

La armoniosa suma de agua, piedra, verde y muchas especies únicas que se conjugan en esta confluencia andino-amazónica conforman un regalo único para los sentidos, transmite una palpable sensación de fragilidad, de ecosistema que reclama ser conservado y visitado.

Friday, September 10, 2010

Barichara, la aldea escarlata

Una apacible villa de calles adoquinadas, arquitectura de piedra, tapia pisada y balcones de madera.



El camino que lleva desde San Gil hasta Barichara tiene momentos célebres. Poco después del amanecer, esta tierra cobriza ofrece un espectáculo insospechado: un manto de niebla, se apega al suelo y se resiste a correr, aparecen fortuitas figuras humanas que se mueven sombrías entre árboles nativos de matarratón, mirto, higuerón, caracolí cují y cañofisto, mientras se multiplican los mugidos en las fincas ganaderas aledañas y, de vez en cuando, se divisa la silueta de algún ciclista.

Más tarde, sólo el poder del sol logrará que la niebla desaparezca. Santander es un departamento topográficamente muy diverso donde se pasa fácilmente de las mesetas áridas a los páramos helados.  La meseta de Barichara, en la Provincia de Guanentá, es una de esas extensiones planas enclavada al norte de la cordillera de los Andes, dentro del intrincado sistema montañoso santandereano, junto con las de Ruitoque, Bucaramanga, Los Santos, Plan de Armas y otras.
En esta zona de gestas libertadoras, tuvo su asentamiento la cultura Guane, que además tenía bajo su dominio Charalá, Oiba, Socorro y San Gil, lugares que dejaron un legado arqueológico importante donde los enterramientos funerarios de los caciques iban acompañados de sus mujeres y esclavos, sus adornos de oro y esmeraldas, sus estatuas talladas y también su armamento. Barichara para los  Guanes significaba lugar para el descanso.
Como casi todas las poblaciones andinas, ésta tiene su mejor momento en las primeras horas. Por eso salimos temprano a sobrevolar el centro de la villa. Las calles vacías de su armonioso trazado transpiran una clara atmósfera colonial. Las calles adoquinadas de piedra labrada, sus balcones, sus portones y la tapia pisada de su arquitectura la han hecho acreedora al título de Monumento Nacional.
El rasgo distintivo de Barichara desde el aire es sin duda el conjunto de techos en teja de barro que conservan por igual el lustre señorial, el abrigo de sus moradores y el sabor añejo de su historia. El pueblo es la fusión de solo tres colores: el rojo predominante de sus cubiertas, el blanco de sus fachadas y el verde de los árboles y balcones. Este es otro de esos escasos pueblos que no han sucumbido al progreso y en el que la arquitectura se licua de forma armoniosa con el paisaje mismo.
Barichara debe su inicio a un trozo de piedra y a la creencia e insistencia de un campesino.  A comienzos del siglo XVIII, éste y otros labriegos creyeron ver la imagen de la virgen en una piedra,  episodio que marcó el origen de  un asentamiento progresivo que, con el apoyo del cura de San Gil en 1705, erigió una ermita para venerar el hallazgo. Cuenta la historia que el 20 de Enero de 1.741 le escrituraron los terrenos para la fundación de la parroquia al Capitán Francisco Pradilla Ayerbe y en Julio de 1751 obtuvo el título de parroquia independiente cuando los habitantes entusiasmados por Martín Pradilla decidieron levantar un templo que sería terminado 20 años después  para colocar su ídolo.
Desde el aire sobresale esta Iglesia de la Inmaculada Concepción y San Lorenzo Mártir (equivocadamente llamada "catedral"), orgullo de los barichareños y cuya cúpula guarda un parecido con la de la Basílica de San Pedro, edificio principal del Vaticano. 

Un acercamiento fotográfico distinto
En esta oportunidad y con el apoyo de las autoridades del municipio, hemos despegado en la carrera 7ª, frente a la plaza principal, a bordo del globo Rainbow I. Hemos escogido este lugar  para obtener imágenes a baja altura (menos de 100 metros sobre el terreno) de la iglesia de la Inmaculada Concepción, la plaza, los jardines y los balcones de la villa.    
Volamos sobre la plaza principal durante unos minutos, suficientes para que la niebla se marche y permita que la arquitectura de Barichara pose graciosamente para la cámara. Abajo, la cuadrícula de sus calles parece trazada con regla. Como telón de fondo  se levantan al occidente las nubes que dejan insinuarse al cañón del Río Suárez  y también al famoso camino a Guane.  Hacia el sur-oriente la entrada a Barichara famosa por los artesanos talladores, bien llamados por alguien, tejedores de piedra.
Tomamos altura para divisar el Parque para las Artes, al lado de la capilla más bella, la de Santa Bárbara.  Luego, tomamos rumbo al suroeste para curiosear sobre los patios y habitaciones interiores, en particular, las camas que acabamos de dejar sin tender en la casa de Francisco Serrano, quién gentilmente nos la prestó para ubicar nuestra base de operación y comunicaciones. Luego viramos suavemente al sur, lo que nos permite pasar junto al hospital y a la casa que vio nacer a Aquileo Parra, primer y único presidente santandereano de Colombia.
Es un vuelo revelador: la sucesión de tejas de barro de techos a cuatro aguas en casas contiguas producen un efecto estético singular, solo posible desde el aire. Los aleros inclinados, el pañete blanco, los pisos en baldosa y la carpintería en madera de puertas y ventanas contribuyen a enfatizar el arraigo de las casas en este lugar. Como apunta su himno, ¡Oh, Barichara, balconcito del cielo!

*Este proyecto es posible gracias a  IM Editores  y Juegos del Aire Colombia quienes han formado la iniciativa llamada desdelaire.com y también a Google.

Monday, May 24, 2010

El Guainía, montañas sagradas y aguas indómitas

En el suroriente de Colombia se conjugan cielos inmensos y aires cristalinos con caños diáfanos y milenarios tepuyes.



Es luna llena, pero aún no asoma para iluminar el camino restante hacia la cumbre del único de los tres cerros que puede escalarse aquí. Ha llovido toda la tarde, el cielo amenaza de nuevo con una descarga invernal y el café profundo de la roca se traga por completo la luz de nuestra linterna.  Gatear hasta aquí nos ha tomado el doble del tiempo habitual gracias a que la roca tiene a bien conservar la babosidad del agua de lluvia que resbala por ella.

“Hasta aquí le camino yo”, nos dice Malojo, nuestro guía y compañero de travesía. Juan, el motorista indígena lo respalda atestiguando que más arriba acecha yum (el duende dueño del cerro), así que sin más explicaciones regresan a la base del cerro, donde está la lancha que nos ha traído desde Puerto Inírida. 

Así es como quedamos, en la mitad del Cerro Mavicure, Santiago Montes y yo, con varios morrales y muchos kilos de equipo de fotografía.  No nos tomó mucho tiempo decidir que pasaríamos la noche allí mismo, sobre la roca, dejando pasar por nuestra vista la feria de estrellas y que de madrugada haríamos los otros 120 metros verticales hasta la cima. 

Pero las ranas rugosas (leptodactylus lithonaetes) o kim, como les dicen los indígenas puinaves, que han estado de festín durante varias horas por la llegada de la temporada, tienen otro plan: deciden cercarnos por varios flancos durante horas, incluso dentro de nuestros sacos de dormir. La segunda que decide darme un beso húmedo en el ojo y las nubes que se estacionan amenazadoras, nos obligan a refugiarnos en la carpa.

Es en este pedestal inclinado donde se halla la verdadera saliva de la selva superior de los tepuyes y encontrarse con ella supone un engorroso y deslizante camino de ascenso hasta la cima. El descenso no será mucho mejor tampoco, pero la nueva mañana resultará más generosa y conseguirá rasgar las nubes a puntapiés de sol.

Cuando uno se halla sobre este orgullo del Escudo Guayanés de 307 metros de altura, salvadas las dificultades y la humedad, sólo queda deslumbrarse por la vida que se descarga por arriba y por debajo de esta mole y sus compañeros de enfrente, el Cerro Pajarito (Ven en puinave) y el Cerro Mono (Puwopán), cortados durante milenios por la erosión. Aquí, la historia parece un momento breve comparado con la edad de estos montículos. 

Llegar al Guainía es como entrar en otra dimensión. Todo es diferente. El clima es muy inestable en esta época, ahora llueve, ahora hace sol. Tras un largo e iluminado periodo de verano con calores intensos, el principio de la nueva estación en el Guainía ofrece en respuesta los grises y blancos del invierno monocromo.

Recorrido por el río

Avanzamos río arriba y antes de llegar al raudal  Monoerico, por fin se abre un gran bastidor de claridad.  Aquí y allá, lejanos pero con sus líneas intactas de figuras perfectas, todavía con los mechones de la niebla sobre sus escotes aparecen más tepuyes, como Cerro Nariz, que hace de vigilante natural del río a prudentes dos kilómetros de su margen derecha.

Todo ello para crear un paisaje que será una constante durante tres días: un tapete de aguas oscuras, hileras interminables de árboles en la orilla, tepuyes fortuitos y raudales que harán de la navegación una aventura. Sin pudor alguno van mostrándose los rápidos, con sus nombres de animales. Primero lo hace Zamuro, luego Punta Valentón (Kualet) y Payara. Un poco más al suroeste, ya en territorio del Parque Natural Puinawai, aparecen Morroco, Hacha, Rabipelado y Danta.

A nuestro paso, balsas para la explotación de oro estacionadas sobre el río. Arriba de ellas el idioma español se frota con el portugués y las costumbres se hacen mestizas debido a la cercanía con Brasil. Abajo, arrastrándose por algunos pasajes abiertos sólo para hechuras de delfín, los buzos persiguen los filones subacuáticos, una manera de emplear toda una jornada de trabajo con poca tecnología y mucho paludismo.

Mientras el río Inírida termina de hacerse, llegamos al lecho rojizo de las bocas de Caño Mina, un caño no muy grande, con algo más de un metro de profundidad, casi nada para las tallas que por aquí se gastan los ríos y quebradas. Pero está teñido intensamente por los taninos de la selva y prácticamente oculto entre un bosque de árboles, arbustos, hiervas salvajes, humedad, neblina y orquídeas guarecidas en sí mismas esperando a que pase ahora la nueva tempestad.

No muy lejos de allí hay una pequeña aldea de indios curripacos, Punta Ratón, donde los sorprendemos en la celebración de la Santa Cena. Cuando cruzamos el umbral de la comunidad, llega el jefe del poblado.   Como buen indígena es poco locuaz, pero si se pasa un rato largo con él y se le provoca amablemente no tiene inconveniente en prestarnos su bongo, el vehículo ideal para continuar nuestro camino por este caño lleno de palos y obstáculos invisibles.

Tendremos que andar treinta kilómetros más de una ruta plena de verdes briosos,  con árboles que se asoman pendencieros, con administradas playas de arena blanca y, sobre todo, con la amplitud del paisaje, que uno descubre que es aquí en donde la tierra colombiana se hace más grande.
Detrás de la tormenta aparece el célebre Cerro Minas, un estandarte sin orillas en donde la tierra y las aguas del Guainía se dedican a crear todos los verdes. Verdes de lagunas, morichales, y selva.  Esta formación, exclusiva por su forma y ecología es el verdadero cabecilla del horizonte del Guainía. Aquí se desboca el desarrollo de bichos sin partida de nacimiento, el crecimiento de orquídeas, musgos, hongos y bromelias, entre otras sutilezas de la flora salvaje.

Raudal alto de Caño Minas

La mañana siguiente abandonamos nuestra piragua en el raudal de Guacamaya para continuar el camino a pie. Luego de veinte minutos, llegamos hasta uno de las galardones de más lustre colocados en el pecho del Guainía.  Se trata de Raudal Alto, una catarata de unos 17 metros de caída.  Su caudal cae estrepitosamente del muro. El constante estampido aturde, pero no consigue entorpecer la digestión de las plantas carnívoras de la zona. El agua que cae sobre las rocas del fondo, se dispersa con su espuma y luego se tranquiliza en su camino lento al Inírida.

En cualquier caso, el Raudal Alto completa el panorama pre-bíblico de barrancos, planicies, caños y valles, así como de tarimas rocosas intransigentes al paso del tiempo y la erosión de esta parte del departamento.

Con la emoción que concede la suerte de haber conseguido observar, sin nubes, el Raudal Alto a comienzos del invierno, nos arrellanamos  satisfechos en el breve asiento del bongo para emprender la vuelta, con el deseo puesto en regresar a ese chorro que mencionó el indio, de varios pisos y que nunca ha sido visto por los ojos de un blanco.

El sol diáfano de la tarde que andaba iluminando las raudales y dejando sombras largas, se ha ido. Aparecen los lienzos del río Inírida y con ellos también lo hacen los paños que traen las nubes de la lluvia segura. El cielo comienza a mancharse de gris y negro mientras arroja aún reflejos sobre el verde de la selva.  Luces, agua y estallidos que muestran que existe un lugar de Colombia en donde la creación del mundo todavía está a medias.


Publicado en El Tiempo
Domingo 23, 2010

Wednesday, May 12, 2010

Reserva Natural La Aurora, llano en estado puro

Un privilegiado lugar de la Orinoquia que conserva intacta una de las mayores riquezas genéticas de Colombia.





El Hato La Aurora, al norte del departamento de Casanare, en la Vereda Matapalito, entre Hato Corozal y Paz de Ariporo es el lienzo perfecto del llano: infinitas sabanas que parecen perderse más allá del horizonte, la estampa del vaquero de pies desnudos, los morichales que se despliegan caprichosos en las praderas, los caños rebosantes de vida, el olor a ganado, y los enérgicos amaneceres naranja que indican categóricamente que se está en las entrañas del oriente colombiano.

Pero sin duda, su principal atractivo es la riqueza faunística con la que la naturaleza privilegió esta parte de la Orinoquia colombiana, inspiración para leyendas y canciones que se manifiesta en forma de garzas, alcaravanes, águilas, chigüiros, chácharos, caimanes, venados, gabanes, caballos salvajes y muchos otros que, con seguridad se podrán observar aquí, amén de la variedad de plantas y árboles como el higuerón, el samán, el tamoruco, el laurel, el caracaro y el araguaney de flores amarillas que adornan el paisaje.

La Aurora y su hotel Juan Solito, nombre que evoca por igual un ritmo llanero o al misterioso personaje con facultades de brujo de Rómulo Gallegos en su obra Canaima, es un prístino reservorio de cultura, de paisajes, de historia y de genética. Aquí, como en muy pocos lugares del llano colombiano, el llanero perpetúa las costumbres, el arte y el tesón por sus faenas diarias. Su vida continúa gobernada por los períodos de sequía e inundación en perfecta armonía con los otros habitantes naturales de este ecosistema, ahora seguros compañeros, antes que antagonistas.

Disfrutar desde aquí el amanecer es apreciar cómo el sol remonta las praderas orientales y vigoriza sus fuerzas para que sus primeras luces se adueñen de los filos de las montañas de la Sierra Nevada del Cocuy y hacerlos explotar en colores añiles, púrpuras y anaranjados. Pero cuando esto acontece, el llanero ya tiene encima casi dos horas de su jornada.

A las cuatro de la mañana el caporal de sabana ha dado el grito de mando que indica a los vaqueros y a nosotros que es hora de alistar los caballos, aperarlos, tomar un café cerrero y salir en busca del rodeo acordado: el arenal, el chiveche, la cascabel, los visos, o el garzón, según disponga el caporal.

Cuento más de 45 vaqueros. Se levanta la polvareda. El sonido del galope se sincroniza con los latidos del corazón. Luego de cabalgar por un buen trecho aparece el rodeo, aquí el caballo criollo brilla por su astucia, sabe exactamente qué hacer y se atrinchera detrás de los chaparros. Una operación envolvente que es planeada y ejecutada estratégicamente, con prodigiosa coordinación y en silencio, para llevar al corral cientos de animales entre toros, vacas y becerros.

Los quehaceres en el hato se dividen en dos: trabajos de llano y trabajos de mano. Los primeros incluyen las labores propias de la vaquería y de corral: apartar las próximas, es decir las vacas preñadas, herrar, marcar los terneros y vacunar. Los segundos tienen que ver con el arreglo de cercas, la limpieza de las plataneras, y en general, la producción de la comida. Los llaneros están divididos entre vaqueros, vegueros y caballiceros, cada uno con tareas bien definidas.


La reserva


La Aurora, con 9.887 hectáreas, es la tercer área protegida de la sociedad civil más grande de Colombia, sólo rivaliza en tamaño con San Pablo y El Boral, y se compara con Palmarito, todas en el Casanare. Contiene 200 especies de aves identificadas, aunque se estima que hay más de 400. Venados, pumas, zorros, canaguaros, picures, araguatos, cachicamos, güios gigantes, osos meleros y hormigueros, nutrías gigantes, babillas, chigüiros, que se cuentan por miles y el majestuoso jaguar, entre otros, hacen de esta, su morada. Es un verdadero resguardo genético de especies nativas. Un legado que la familia Barragán ha sabido proteger con ahínco desde hace más de 50 años.

Cuando llegaron, era tiempos de individuos recios, dados a importantes gestas, los arreos de ganado con cientos de animales que se traían a caballo desde Casanare al centro del país, remontando la Cordillera Oriental, duraban meses. Un mundo profundo y rico en tradiciones y creencias, que otorgaban vida al llanero durante largos tiempos de espera mientras se peregrinaba de un lugar a otro.

En ese entonces, en esta parte del llano casanareño el terreno se calculaba en jornadas de a caballo. Era la época en la que se organizaban precarias expediciones de aventureros que partían de Bogotá, Sogamoso o Yopal para embarcarse en largas hazañas con intención de dominar ese reino incierto de la naturaleza salvaje. La mayor parte de la tierra está en medio de un mar de agua que anega la llanura durante la mitad del año, luego se transforma en árido desierto cuando finalizan las lluvias y el ardiente sol de verano reseca las sabanas.
Hoy está convertido en un santuario biológico que contrasta con aquellos que no adivinan otro hábito para sembrar que el de talar y quemar. Aquí está demostrado que la ganadería ecológica convive en sincronía con las miles de especies que revolotean a sus anchas en esta colosal reserva de agua y diversidad, donde la salud de sus animales, se mide por el bienestar de sus predadores.

En suma, La Aurora es la mixtura perfecta del disfrute de la fauna en estado salvaje con el conocimiento de la esencia de la cultura llanera, que ha ido desapareciendo de las sabanas orientales. Aquí se conserva esa sabiduría, la forma sencilla del ser llanero, pero generosa y rebosante de riqueza espiritual que ha logrado subsistir al son de arpa, cuatro y maraca, el ambicioso asecho del hombre.

Cómo llegar:

Hay varias formas de llegar a la reserva. Desde Yopal, por vía terrestre, tomando la vía marginal de la selva hasta Paz de Ariporo, luego la carretera que va al corregimiento Montañas del Totumo, donde existe un desvío para la vereda San Luis del Ariporo a la altura de la finca la Vigía. Esta ruta toma aproximadamente cuatro horas.

Otra forma es tomar de Paz de Ariporo, aproximadamente una hora hasta el corregimiento de la Chapa, a la orilla del río Ariporo, de allí el hotel puede arreglar el resto del trayecto por el río. Este tramo toma tres horas de un recorrido de fauna y paisaje. La reserva también cuenta con una pista de aterrizaje para aviones pequeños.

Para el alojamiento la reserva ofrece acomodación en el eco hotel Juan Solito, fabricado con materiales típicos de la región.

Para reservas, tarifas y más información puede escribir a hatolaurora@hotmail.com

Thursday, February 18, 2010

Más fotos del Pacífico

Por la publicación de la nota de hoy en el diario El Tiempo y los comentarios de algunos lectores, he decidido ofrecerles en este espacio algunas imágenes adicionales. Mil gracias por los comentarios constructivos en El Tiempo y si quieren comentar algo en este blog, este espacio esta abierto para todos.





Parte de las imágenes de esta nota corresponden a una gentil invitación de Alas para la Gente, una iniciativa para llevar salud a las zonas más apartadas de Colombia y a veces también las más bellas. Por eso me he permitido publicar la foto del equipo médico y organizador de la brigada junto al avión Caza C295 de la Fuerza Aerea que apoya al grupo.

Saludos,

Francisco

Monday, December 28, 2009

Serranía de la Lindosa, caprichos de piedra en el corazón de la selva

Al sur oriente de Colombia donde terminan las vastas llanuras y empieza la amazonia, se erige un mundo perdido de roca, agua y bosque.



Al caer la tarde, los sonidos de la Ciudad Perdida quedan dominados por el llamado de las ranas picudas que convocan al festín sonoro desde uno de los nacederos de caño Lajas. La ciudad, construida por la naturaleza sobre los cimientos del tiempo, presenta un sorprendente ordenamiento de calles y avenidas donde se posan gigantescos bloques de piedra como casas.

A poco más de cinco kilómetros hacia el norte se encuentra Ciudad de Piedra, mejor conocida como Los Túneles. La riqueza del complejo sistema de galerías, pasadizos secretos, escaleras, estructuras de roca en frágil equilibrio y lianas que cuelgan de cornisas puestas estratégicamente por la naturaleza, constituye una forma privilegiada de pasar nuestra primera noche en el Guaviare.

Así, salimos de este lugar para adentrarnos en la Serranía de la Lindosa que se va desvelando entre matices violáceos y la lozanía indefinible de la sabana, salpicada aquí y allá del marrón de la roca que no logra detener la sensación de introducirnos en un paisaje boscoso.


Serranía de la Lindosa

Poco después, el sol se muestra inclemente sobre los campos marcados con cuyubí, moriche, chaparro y caucho silvestre hasta que el paisaje se quiebra como un espejismo, por la barrera de roca precámbrica que ahora debemos escalar para adentrarnos en un mundo desconocido de grutas de todos los estilos y tamaños. Aquí viene a la mente el geógrafo inglés Hamilton Rice, miembro entusiasta de la Sociedad Geográfica Real de Londres, quien vino a principios del siglo XIX, durante el auge de las caucheras y relata su paso por entre estas gargantas y cañones que hablan de un cataclismo pasado.

Época de ocupación de Guayaberos, Sikuani, Tukanos y por supuesto de los Nukak-Makú, un pueblo cazador y recolector nómada, primer habitante de la región del Guaviare. Los Nukak viven entre los ríos Guaviare e Inírida, en las profundidades del bosque tropical húmedo; un pueblo que tan solo tuvo contacto con el mundo occidental en 1988 y que hoy ha perdido más de la mitad de su población, por enfermedad o desplazamiento.

La luz de media mañana es cegadora, aunque en el interior oscuro de los corredores y cavernas se difuminan los perfiles, es imposible no quedar perplejo ante la fantasía del entorno. Es un mundo perdido de enhiestos pedruscos, puentes naturales, aterradoras grietas que dejan colar los gritos de los micos aulladores. Lomas y montañas que por fuera están perforadas como quesos suizos, pero tienen macizas paredes y rocas en absurdo equilibrio por dentro. Parece fruto de la magia o de una calamidad geológica.

Abundan peculiaridades en su interior: la araña escorpión, el grillo ciego con sus largas extremidades sensorias o el lagarto de roca. De repente, cuando pensábamos que no habría más emoción y observábamos el paciente trabajo del caucho junto con otras especies que literalmente cosen sus raíces dentro de la piedra, vino el premio mayor: un gallito de roca hembra empollando en su nido. El inverosímil encuentro no podía menos que erizarnos la piel. Hicimos una foto y salimos de allí para no perturbar más su morada.

Puerta de Orión y Las Delicias

Los afloramientos rocosos de la Serranía de la Lindosa al igual que las crestas y mesetas inferiores de la Serranía de la Macarena constituyen el límite occidental de esta provincia del escudo guayanés. Asoman enormes setas de roca, aunque no son de origen volcánico, guardan similitud con las chimeneas de hadas del valle de Zelve en Turquía, unas y otras en perpetua evolución, moldeadas durante millones de años por agentes erosivos.

Tres kilómetros y cuatro horas después, estamos cruzando el umbral de un orificio en piedra donde el agua y el viento han cincelado esta magnifica escultura, artífice del paisaje en el sector: la conocida Puerta de Orión. Otro mundo de geometría y diseño.

El viaje cambia el ritmo cuando el paisaje sin anunciarlo, se torna protagonista. Esta vez a bordo de los camperos, hemos llegado a Las Delicias, una vereda a escasos 10 kilómetros de la Puerta de Orión El ascenso es por una trocha abandonada, más para caballo o bicicleta que para un campero. Las espinas de los matorrales a lado y lado aruñan la pintura, produciendo un sonido inconfundible, poco importa: el tesoro es la cascada a escasos 500 metros de la trocha. Una cascada de la que varios hablan, pero pocos, muy pocos, realmente han llegado a verla.

Aquí paramos en seco al tropezar con un paisaje fascinante al que los propios del lugar, escasos por cierto, no han bautizado con otro nombre distinto al de la misma vereda. Descendemos a rapel por el curso de la cascada, sin duda una emoción extra para el final día. Hasta el último instante solar la cascada acapara los reflejos del ocaso y hace que la luz del poniente se convierta en una ofrenda a oriente.-

(Publicado Revista Viajar de El Tiempo)


Tuesday, December 30, 2008

Desierto de la Tatacoa, un paisaje en Preterito

En esta, nuestra primera entrega, decidimos tomar camino al sur para recorrer una de las zonas más enigmáticas, bellas y extremas de Colombia: el desierto de la Tatacoa.



El desierto, realmente un bosque tropical muy seco, es una tierra agreste donde el vigor de la naturaleza impone sus caprichos, sus entrañas esconden secretos engendrados en las profundidades del tiempo. El paisaje de este enclave paleontológico, situado al norte del Departamento del Huila, en el valle formado entre las cordilleras Oriental y Central, a solo 40 kilómetros de Neiva, guarda aún fósiles de tortugas, reptiles y roedores perteneciantes al periodo del Mioceno.


Aquí, en esta tierra heterogénea, se funden el ocre de la arena y el verde del bosque. Los 330 kilómetros cuadrados de La Tatacoa enmarcados por los ríos Magdalena, Ambica, Guaroco y Villavieja tienen mucho que ofrecer: casi una cincuentena de quebradas, decenas de lugares con formaciones geológicas, un observatorio astronómico en posición privilegiada, vestigios indígenas, trazas de la conquista y del dominio jesuita, pero sobre todo, rincones, gente y escenas que remontan al viajero varios cientos de años hacia atrás.


Villavieja, la población más cercana al desierto, también tienen mucha historia: sufrió varios embates durante la conquista y tuvo que enfrentar el apetito de los evangelizadores jesuitas que la convirtieron en la gran ‘Hacienda Aposentos'.

En la zona nororiental, la menos visitada, se encuentra un testimonio altivo de los indígenas del pasado: la Piedra de Doche, que ostenta las huellas de la cultura de este nombre que habitó en la ribera del río Cabrera en la época prehispánica. Recientemente un cambio en el curso del río hizo que sus aguas rodearan la piedra y en la actualidad puede observarse en época de verano.

Otro de los hallazgos emblemáticos hecho hace varios años en los intentos por entender el pasado Geológico de la zona es el Megatherium o la Gran Bestia, uno de los mamíferos más grandes que transitó sobre la tierra, tan pesado como un elefante y con garras en sus patas. Fósiles de otros mamíferos dan cuenta de una época que moldeó el dramático paisaje y de una cultura que tiene su origen en esta tierra secreta.

La Ruta

Aunque la ruta habitual para llegar al desierto de la Tatacoa es la carretera al sur que sale por Girardot hacia Neiva y luego a escasos 40 kilómetros entra al desierto, decidimos incluir en esta ocasión una variación despavimentada por el puente de Golondrinas, un puente que servia al ferrocarril para cruzar el río Magdalena, cuando aquel operaba en su recorrido hacia Villavieja.


Esta población conocida como la ‘Capital Antropológica de Colombia' encierra un pasado cargado de luchas entre sus pobladores precolombinos los Doches, los Totoyoes y los Pijaos con los conquistadores españoles.


El nuestro es un recorrido más corto e indudablemente más pintoresco, pues permite la entrada al desierto de forma gradual, para ver como el paisaje cambia de verde, a gris, y luego a rojo. En el circuito propuesto podrán verse lugares como el Cuzco, el Cardón, las Lajas, el Valle de la Muerte, el Estrecho de las Señoritas y otros lugares con formaciones peculiares.

Descargue aquí la ruta para su GPS

Vea aquí la ruta hacia La Tatacoa en Google Earth