Recorrido por el río
Raudal alto de Caño Minas
Este es el blog de viajes de Francisco Forero Bonell, una descripción de algunos lugares de Colombia o el mundo con sencillas imágenes de apoyo.
Al sur oriente de Colombia donde terminan las vastas llanuras y empieza la amazonia, se erige un mundo perdido de roca, agua y bosque.
Al caer la tarde, los sonidos de la Ciudad Perdida quedan dominados por el llamado de las ranas picudas que convocan al festín sonoro desde uno de los nacederos de caño Lajas. La ciudad, construida por la naturaleza sobre los cimientos del tiempo, presenta un sorprendente ordenamiento de calles y avenidas donde se posan gigantescos bloques de piedra como casas.
A poco más de cinco kilómetros hacia el norte se encuentra Ciudad de Piedra, mejor conocida como Los Túneles. La riqueza del complejo sistema de galerías, pasadizos secretos, escaleras, estructuras de roca en frágil equilibrio y lianas que cuelgan de cornisas puestas estratégicamente por la naturaleza, constituye una forma privilegiada de pasar nuestra primera noche en el Guaviare.
Así, salimos de este lugar para adentrarnos en la Serranía de la Lindosa que se va desvelando entre matices violáceos y la lozanía indefinible de la sabana, salpicada aquí y allá del marrón de la roca que no logra detener la sensación de introducirnos en un paisaje boscoso.
Serranía de la Lindosa
Poco después, el sol se muestra inclemente sobre los campos marcados con cuyubí, moriche, chaparro y caucho silvestre hasta que el paisaje se quiebra como un espejismo, por la barrera de roca precámbrica que ahora debemos escalar para adentrarnos en un mundo desconocido de grutas de todos los estilos y tamaños. Aquí viene a la mente el geógrafo inglés Hamilton Rice, miembro entusiasta de la Sociedad Geográfica Real de Londres, quien vino a principios del siglo XIX, durante el auge de las caucheras y relata su paso por entre estas gargantas y cañones que hablan de un cataclismo pasado.
Época de ocupación de Guayaberos, Sikuani, Tukanos y por supuesto de los Nukak-Makú, un pueblo cazador y recolector nómada, primer habitante de la región del Guaviare. Los Nukak viven entre los ríos Guaviare e Inírida, en las profundidades del bosque tropical húmedo; un pueblo que tan solo tuvo contacto con el mundo occidental en 1988 y que hoy ha perdido más de la mitad de su población, por enfermedad o desplazamiento.
La luz de media mañana es cegadora, aunque en el interior oscuro de los corredores y cavernas se difuminan los perfiles, es imposible no quedar perplejo ante la fantasía del entorno. Es un mundo perdido de enhiestos pedruscos, puentes naturales, aterradoras grietas que dejan colar los gritos de los micos aulladores. Lomas y montañas que por fuera están perforadas como quesos suizos, pero tienen macizas paredes y rocas en absurdo equilibrio por dentro. Parece fruto de la magia o de una calamidad geológica.
Abundan peculiaridades en su interior: la araña escorpión, el grillo ciego con sus largas extremidades sensorias o el lagarto de roca. De repente, cuando pensábamos que no habría más emoción y observábamos el paciente trabajo del caucho junto con otras especies que literalmente cosen sus raíces dentro de la piedra, vino el premio mayor: un gallito de roca hembra empollando en su nido. El inverosímil encuentro no podía menos que erizarnos la piel. Hicimos una foto y salimos de allí para no perturbar más su morada.
Puerta de Orión y Las Delicias
Los afloramientos rocosos de la Serranía de la Lindosa al igual que las crestas y mesetas inferiores de la Serranía de la Macarena constituyen el límite occidental de esta provincia del escudo guayanés. Asoman enormes setas de roca, aunque no son de origen volcánico, guardan similitud con las chimeneas de hadas del valle de Zelve en Turquía, unas y otras en perpetua evolución, moldeadas durante millones de años por agentes erosivos.
Tres kilómetros y cuatro horas después, estamos cruzando el umbral de un orificio en piedra donde el agua y el viento han cincelado esta magnifica escultura, artífice del paisaje en el sector: la conocida Puerta de Orión. Otro mundo de geometría y diseño.
El viaje cambia el ritmo cuando el paisaje sin anunciarlo, se torna protagonista. Esta vez a bordo de los camperos, hemos llegado a Las Delicias, una vereda a escasos 10 kilómetros de la Puerta de Orión El ascenso es por una trocha abandonada, más para caballo o bicicleta que para un campero. Las espinas de los matorrales a lado y lado aruñan la pintura, produciendo un sonido inconfundible, poco importa: el tesoro es la cascada a escasos 500 metros de la trocha. Una cascada de la que varios hablan, pero pocos, muy pocos, realmente han llegado a verla.
Aquí paramos en seco al tropezar con un paisaje fascinante al que los propios del lugar, escasos por cierto, no han bautizado con otro nombre distinto al de la misma vereda. Descendemos a rapel por el curso de la cascada, sin duda una emoción extra para el final día. Hasta el último instante solar la cascada acapara los reflejos del ocaso y hace que la luz del poniente se convierta en una ofrenda a oriente.-
(Publicado Revista Viajar de El Tiempo)
Pueden ver esta compañía en www.desdelaire.comParque / Rumbo a los Raudales de Maipures
Travesía al Extremo Oriental de Colombia
Uno de los caminos más emocionantes y agrestes del país y a la vez uno de los menos frecuentados es el que conduce al Parque Nacional El Tuparro
Una combinación de adrenalina, esfuerzo, disciplina y un auténtico espíritu aventurero se requieren para penetrar las entrañas del Parque El Tuparro.
Especialmente en temporada de invierno, cuando los verdes escandalosos, las furiosas lluvias y el sol que logra colarse a veces por entre las nubes, producen paisajes que dejan al visitante sin aliento y permiten al llano cobrar su singular belleza. También los elementos imponen un rigor extremo a tripulantes y máquinas en el recorrido.
El camino esta marcado por las inmensas praderas del Meta y el Vichada, por prolongados caminos de lodo, por vaqueros de pies desnudos al estribo, por morichales que tachonan de cuando en cuando las sabanas inundadas, por caños de aguas cristalinas desbordados de su curso, y también por zurales, esos montículos que amenazan constantemente con voltear los vehículos.
Y llano adentro o mejor Parque adentro, por serpientes y venados que vagabundean por las planicies o huyen de las quemas furtivas.
Son las señas de identidad de una tierra que sin ser inhóspita es salvaje, sin ser árida es agreste, y sin ser tacaña, no posa de exhibicionista en sus ornamentos naturales, excepto claro, al llegar a los raudales de Maipures, destino final de esta expedición.
El Parque Nacional El Tuparro, en el departamento del Vichada, es la porción de tierra enmarcada entre sur y norte por los ríos Tuparro y Tomo y entre occidente y oriente por Caño Hormiga y el Río Orinoco, en la frontera con Venezuela.
Con sus 548.000 hectáreas fue hace dos siglos el refugio de indígenas de las etnias Guipuñave y Pareni, hoy lo es de Guahibos y Cuibas.
También es albergue de una gran riqueza natural, como lo son los sorprendentes chaparros, arbustos que resisten el embate del fuego, casi sin inmutarse; también de alcornoques, del famoso frute burro (Xilopia aromática), de la palma seje, del palo murciélago, del dormilón o jitabarí, del algarrobo, del reventillo y del polvillo, entre muchos otros.
Pasearse por esta reserva es visitar el hogar de muchas especies características de
Es el habitat natural de pumas, tigrillos, ocarres y osos. Con la suficiente paciencia y suerte es posible ver chigüiros, zainos, osos palmeros, armadillos o conejos sabaneros, estos últimos aparecen con mucha frecuencia durante la noche y se quedan paralizados ante los faros del vehículo líder.
El invierno también tiene su magia
Aunque lo normal es emprender esta travesía en verano, la época lluviosa tiene sus encantos, pues el llano presenta algunas de sus mejores funciones: esteros, que escasean en verano, imperan durante kilómetros de recorrido; torrenciales aguaceros que pueden durar días y noches completos; extraños atardeceres, tierras bajas que potencian la aventura, pues es necesario transitar con el agua arriba de los faros de los vehículos durante cientos de metros para continuar la marcha a medida que el Tomo y el Tuparro cierran filas en su andar hacia el oriente.
En invierno también abundan los reptiles, como las tortugas terecay, que aparecen por decenas en los caminos inundados, la babilla o caimán cocodrilo y también, si bien más escaso, el caimán de
Las serpientes aparecen con las lluvias, como la mañana que dos cuatro narices salieron de la sabana y atravesaron bajo nuestras piernas, cuando rescatábamos uno de los vehículos atascados cerca del sitio conocido como Tanzania.
Los ráudales de Maipures o Quituna, su nombre indígena original, que obligaron al misionero a regresar al lado de la indiecita Mapiripana en
Los raudales, esas hermosas cascadas sucesivas, discurren entre diques naturales, atropellando con enorme fuerza las múltiples islas de roca y granito entre las cuales se desgarra, espumante, uno de los mayores ríos del mundo: El Orinoco.
El río Orinoco, tercero en importancia en Suramérica, lleva recorridos hasta aquí 940 de sus 2,410 kilómetros y está flanqueado a ambos lados por afloramientos graníticos del Escudo Guyanés
Para completar el espectáculo, el río Tuparro desemboca al final de los raudales, que en total tienen más de ocho kilómetros de largo y casi cuatro de anchura, más que ningún otro en el mundo. Es un lugar de sin igual belleza.
El recorrido
El trayecto empieza en la carretera de salida al Llano que de Bogotá conduce a Villavicencio tramo pavimentado y en buenas condiciones. De Villavicencio se toma la salida a Puerto López y Puerto Gaitán, hasta aquí hay 
De Puerto Gaitán se sigue hasta Carimagua (
Desde aquí hasta el final del recorrido la carretera es destapada, caminos sobre sabana y varias zonas inundadas, donde es fácil perderse, razón por la cual solo debe transitarse durante el día y de preferencia con un buen mapa y brújula o GPS, pues la señalización es casi inexistente.
De Carimagua se continúa hasta el Tapón (

